De la Plazoleta al Mundial, con escala en Manos Abiertas

Actualizado: 25 de sep de 2018

De: Federico Gómez Moreno



Volvía en el 18 pensando si lo vería. No sé por qué, pero siempre pienso lo mismo. Lo vi muchas veces, con frío, con calor, de noche. Quizás porque lo vi muchas veces es que cada vez que camino esas cuadras de regreso a casa pienso que quizás esté ahí, que quizás lo vea, que capaz vuelva a sentir esa angustia en el pecho por ver a un pibe de 12 años sacándose la visera, secándose la frente, y yendo a limpiar los vidrios a cambio de una moneda. A Dylan lo conozco desde hace años. Y digo “lo conozco” porque desde aquí nos hemos encargado con el tiempo de aprender a conocer a todos los niños y niñas con lxs que trabajamos día a día. Lo cual, de por sí, en los tiempos que vivimos, no es cosa menor. A Dylan lo conozco desde hace años. Es de los que suele portarse, quizás como forma de vincularse con el mundo, quizás como mecanismo de defensa, quizás porque sea su manera de demandar cuidado, amor, atención. Pero así como suele (solía) portarse mal, es de los que observa todo, y entiende, y piensa, y procesa, y se pregunta. Siempre me dio esa sensación, que él se pregunta muchas cosas. Lo hace hacia adentro, porque es de los que habla poco. Un pibe de pocas palabras, pero con grandes gestos. Un pibe con pocas palabras, pero abierto y receptivo a lo nuevo. Un pibe con pocas palabras, que con el tiempo pudo ir construyendo otro universo simbólico donde desenvolverse. En la esquina de la Plazoleta Mitre cada vez hay más pibes del Sifón, de todas de las edades. Como también cada vez hay más niños y niñas pidiendo o vendiendo en los bares que frecuentamos. De noche, y con frío. Pero para alegría propia y ajena hoy Dylan no estuvo ahí. Hoy no lo vi en la esquina limpiando vidrios. Hace tiempo que no lo veo. Hoy Dylan estuvo compartiendo un pedazo de historia que seguro que le quedará guardado para siempre. Hoy Dylan ganó uno de los partidos más importantes de su vida: vivir en carne propia un poco de barriada propia,barriada ajena, con profes pintadxs, gritando goles, sufriendo los errados, alentando a la selección. No falta quien diga que ver el mundial es una pantalla masiva que hace que uno se desentienda del caos social que vivimos. Como si Netflix no lo fuera también. Como si lo masivo estuviera mal. Como si no nos diéramos cuenta que necesitamos ese desenchufe momentáneo que nos una, que restituya el lazo social. Que nos haga acordar de lo lindo que es encontrarse abrazados en el grito de un gol. No nos vamos a olvidar de la coyuntura política, económica y social del país. Justamente porque la pensamos y la analizamos es que nos embarramos todas las semanas para entender y vivir en conjunto lo lindo de la cultura de masas y del poder del colectivo de infancia y adolescencia. De seguro quienes piensan que el mundial no es más que una distracción mientas acumula series de Netflix en su currículum, son también quienes piensan que las organizaciones sociales no sirven, que solo son parches. De seguro son los que miran desde las pantallas de sus casas el desastre de la opresión a los pobres sin siquiera poder cuestionarse ni medio privilegio de clase. De seguro, son también los que ni se inmutan por el asesinato de Facundo a manos de la policía y exclaman discursos moralistas responsabilizando a la familia porque “un niño de 12 años no tenía que estar a esa hora ahí”. Pero como no vale gastar pólvora en chimangos, mejor dejarlos ahí, sin nada que los convoque ni los conmueva. Les queda poco tiempo, sus opiniones caen por su propio peso y la falta de argumentos va a hacer que llegue la justicia de la igualdad. Lo importante es que Dylan hoy, y desde hace tiempo, no está en la esquina. Y digo Dylan porque en lo anecdótico de lo cotidiano pienso si estará ahí o no. Pero va para todos y todas, para lxs niñxs y lxs adolescentes de ambos barrios, para “lxs profes” que vienen bancando la parada con un trabajo pensado, con contenido y comprometido desde hace tiempo. A veces nos preguntamos para qué trabajamos en esto. Si realmente vale la pena, si lleva a algún lugar. Trabajar en los procesos sociales es trabajar al servicio del pueblo, en la reivindicación de derechos y en la restitución del lazo social. Trabajar con los sectores mas golpeados y oprimidos es cuestionarnos nuestros privilegios de clase y entender que la intervención es siempre desde la ternura. No duden, piensen, interpélense, cuestiónense, pero no duden que este es el camino. Y que quizás Benja (otro pequeño personaje del Sifón) tenga razón, quizás a nuestro mundial ya lo ganamos hoy.


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